DOÑA QUIJOTA DE LA MENCHA Carlos E. Correa En un reino no muy lejano de cuyo nombre no quiero que se acuerden ustedes, no ha mucho tiempo que vivió una caballera de las de corsé rosado y de sostenes amplios. Tomaba el té de claro en claro y soñaba desfacer entuertos para salvar a las princesas, sus congéneras. De tanto leer a Corín Tellado y a Cosmopolitana, se le vino a menguar el seso y a despertar pasiones caballerescas. Y cuando fue el tiempo de elegir a la Consejera de la reina, se presentó ante ella con una testiga que diera fe de su condición y ejercicia. Delante de los personos y personas, de la hada y de el hado, de los miembros y de las miembras del reino, dejó en claro que su vida la dedicaría a salvar a las doncellas de los doncellos que les negaban el derecho al placer sexual. Tanto autoridados como autoridadas dieron sus venios y sus venias para tan loable propósito. Antes de que canten el gallo y la galla, antes de que el dorado Febo asomara con sus dardos y sus dardas, dióse orden a los heraldos y heraldas para que monten en sus caballos y caballas y recorran el reino y la reina dando aviso de la declaratoria oficial del decreto. Al son de las trompetas y de los trompetos, se convocó así a los aldeanos y a las aldeanas: “Señores y señoras, jóvenos y jóvenas, padres y madres, hijos e hijas, nueros y nueras, yernos y yernas, núbilos y núbilas, adolescentos y adolescentas, hombres públicos y mujeres públicas de todo género y génera, todos y todas. Por gracil mandato de vuestra soberana, precisamente desde hoy y en adelante, y para que se ejerza la justicia, queda declarado el derecho al placer sexual de la mujer, sin restricciones. A todo aquel y a toda aquella persono y persona que dé marcha atrás, se le cortará su libertad y se le declarará la pena o el peno máxima o máximo. Para controlar fielmente este mandato, se le concede a Doña Quijota de la Mencha el poder de seleccionar policíos y policías para que cuiden de su fiel cumplimiento en todas las alcobas y alcobos del reino” Desde entonces, no hay mujer que no tenga derecha el placer sexual. |