JUAN FERNANDO HERMOSA SUÁREZ, LA VERSIÓN INÉDITA

Redacción: Quito /  Realizado por: Valeria Alarcón 

“Remordimiento, ¿por qué? Uds. me han hecho todo lo habido y por haber, ¿no me da eso a mi igual derecho? El niño del terror sembró el pánico entre taxistas hace ya más de 20 años.Quizá debí haber matado a 400 o 500 personas, así me habría sentido mejor”. (Charles Manson)

Miles de historias pueden entretejerse durante estas fechas, pero la sociedad ecuatoriana se tiñó de violencia y sangre hace ya más de veinte años debido a la aparición del niño terror. Los testimonios, las secuelas y las versiones de lo que ocurrió aquella noche de su captura aún tienen vigencia. Esta es la versión de la que entonces por allá en el año 1992 era una niña de 6 años, hoy con 25 años escribe y relata lo que pasó.

La dirección puedo decirla exactamente y sin titubeos, Avenida América 5450 y Diguja, sector Canal 4, hoy la casa ya no existe fue derrocada hace 3 años para dar paso a un parqueadero público pero aún hoy cuando paso por ahí de vez en cuando los recuerdos vienen a mi memoria.

Yo tenía apenas 6 años, recuerdo como si fuera ayer cuando un chico de mediana estatura, ojos grandes y un tanto hundidos llamó a la puerta de mi casa a pedir ayuda sobre la instalación de los medidores de luz para los nuevos vecinos. Gloria Roldán la dueña de casa había alquilado a este joven menor de edad el departamento del fondo del callejón, el había argumentado que sus padres estaban de viaje y que iban a vivir con él, mi madre le explicó cómo se repartían las conexiones de luz y advertencias y sugerencias para llevar una relación armónica entre vecinos, Juan Fernando estaba con un amigo, y muy sonriente y sencillo agradeció por la ayuda y se fue. Todo parecía
normal en aquel chico; era tranquilo, simpático, había comentado entre los vecinos que trabajaba con un Ingeniero  y que realizaba trabajos de electricidad. Su estancia en este departamento fue de un mes y días, pasó la navidad y fin de año entre fiestas y reuniones con chicas y algunos amigos que más tarde fueron conocidos como cómplices de los asesinatos a taxistas y homosexuales.

La noche del 8 de enero de 1992 todo estaba tranquilo había visto una película con mi madre y había caído dormida junto a ella, aproximadamente a las 2 de la madrugada oímos murmullos, voces y pasos. Al espiar por la
ventana del baño que daba justo a la Av. América, la sorpresa fue que había varios autos con luces apagadas, policías encapuchados y fuertemente armados. Algunos estaban en la terraza de mi casa podía ver las sombras desde debajo de la cama, lugar en el que mi madre me resguardó luego de que escuchó tres disparos, no entendía que sucedía. Al mismo instante en el patio de abajo seis encapuchados de las Fuerzas Especiales con metralletas en mano reventaron una granada cerca del departamento que Juan Fernando Hermosa alquilaba, que dicho sea de paso fue el departamento en la que viví  algunos años atrás. Cuatro de ellos rodearon el patio y dos patearon la puerta hasta abrirla e irrumpieron en el departamento, lo que pasó adentro ha sido objeto de varias especulaciones a lo largo de esta veintena de años, pero en palabras de Claudia Morales, vecina de Juan Fernando, “entraron en la casa y se vio que corrieron hasta el fondo, no escuchamos nada pero luego vimos como sacaron un bulto ensangrentado en sábanas blancas”. La persona que estaba en esas sábanas blancas era la señora que había criado a Juan Fernando, no era su madre sino quien lo cuidaba, la señora padecía de sordera, gustaba de la costura y todos los días salía al patio a tomar un poco de sol, tiempo después por testimonios y conversaciones personales con el padre de Juan Fernando todos los vecinos nos enteramos que la señora había sido asesinada a quema ropa, once tiros se habían contado en su pecho.

Paralelamente, en el lugar donde estaban parqueados los autos de oficiales encubiertos en la Av. América, se vivía otro infierno, había llegado una patrulla y una ambulancia. Nada estaba callado como al inicio, un oficial tenía un megáfono en la mano y cuando mi madre intentó salir a la terraza un grito enfurecido y directo del oficial dijo “señora meta la cabeza o le disparamos”. Balas iban y venían, Juan Fernando estaba entre el techo de mi casa y del restaurante de al lado, todos se movilizaron y apuntaban hacia la terraza. Mientras tanto el bulto ensangrentado, la señora que había sido asesinada en el patio de abajo, era lanzado a la ambulancia como si no se tratara de un ser humano.

Tiempo después de este fatídico hecho, Juan Fernando Hermosa fue llevado al departamento con un fuerte resguardo policial para hacer la reconstrucción de los hechos. Los vecinos incluyendo mi madre alguna vez quisieron visitarlo en el lugar donde lo habían encerrado, pero el miedo no se los permitió. Además, el día a día pasaba entre declaraciones, periodistas y medios de comunicación. Agentes de la policía exhortaron al total silencio a todos los vecinos, veíamos en los medios las “supuestas declaraciones” y la indignación no se hacía esperar.

En febrero de 1992, un mes después de sucedida la balacera donde fue capturado Juan Fernando Hermosa, la  Policía Nacional del Ecuador a través del Centro de Operaciones de Inteligencia atestiguaban las confesiones del asesino más joven de la historia del Ecuador,  22 muertes confirmadas entre camioneros, taxistas y homosexuales.

Cuatro años más tarde en febrero de 1996 según declaraciones de la policía, Juan Fernando fue encontrado muerto a orillas del Río Aguarico, su rostro era irreconocible, con golpes, heridas, y notables evidencias de tortura. El imperio del “Niño del Terror” llegó a su final.

Esta es mi crónica, una visión y testimonio inédito, hoy con 25 años de edad llevo esas imágenes y malos recuerdos en mi mente, al escuchar un disparo o un sonido parecido mi cuerpo deja de responder y mi piel se eriza. Este evento cambió mi vida para siempre.


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